11. La caída de Daguao: Primera parte

12:35 p.m. 29 de octubre de 2014

Trece días. Hace trece días que cayó Daguao. Aún no puedo sacarme de la mente las imágenes de lo que aconteció esa noche. Llevo huyendo ya estos trece días, sin mirar atrás, sin rumbo definido. No he visto muchos zombies por mi camino. Los que he visto, si puedo los elimino, si no, les huyo escondiéndome. Trataré de contar:

Después de la última entrada, llegó al puesto mucha gente. Muchos de los habitantes de los otros puestos ya habían perdido la fé en la Central y aún más con el mensaje que enviaron. Como ya habían escuchado de cómo la gente del puesto 0015 habían podido defenderse ante otros ataques, fueron a refugiarse.

Por mi parte no sabía que podíamos hacer con tanta gente. Una de mis compañeras del puesto sugirió llevar a los más pequeños y a los más ancianos a las ruinas de la escuela. La escuela que antes quedaba justo al frente de la casa que usábamos como centro, fue demolida parcialmente por los desarrolladores de Cotton Bay, pero habían dejado unos salones para guardar materiales de construcción. Nosotros lo usábamos para guardar alimentos y como comedor. La iglesia del pastor Reyes, la llegaron a usar como templo.

Llevamos a los escogidos y a los enfermos allá. A los y las jóvenes que pudieran pelear, les dimos armas o les indicamos que cosas podían usar como una. Todos armados, esperamos.

A las 11:42 (recuerdo haber pedido la hora a uno de los que llegó al final) escuchamos los primeros disparos. Gritos y explosiones siguieron. La noche se iluminó con fuego y nosotros lo único que podíamos hacer era esperar. Lo único que podíamos ver era el brillo anaranjado de las llamas, pero todo estaba muy lejos y habían montañas entre nosotros y no podíamos ver nada.

De repente, se vio algo. Una bola de fuego bajaba la cuesta de La Esperanza haciendo un ruido extraño. Cuando se acercó lo suficiente, pudimos discernir que el ruido eran gritos. Un compañero ardía y trató de llegar a nosotros, pero tropezó y de rodillas en la brea continuaba gritando. Dí la orden de que le disparasen y le terminaran el sufrimiento. Nadie se atrevió.

Cuando dejó de gritar notamos entonces lo que venía. La horda que iba bajando la cuesta era enorme. Muchísimos cuerpos caminaban y se arrastraban, pareciendo un gran enjambre, casi un cuerpo sólido. Mientras caminaban, sólo sus pasos se podían escuchar, hasta que se oyó un ruido tras nuestras líneas. Un cuerpo que hacía dos minutos tenía nombre y sueños, yacía en el suelo, con sangre saliendo de su sien y humo del cañón de su pistola. Caos.

Las líneas se rompieron, mucha gente trató de huir. Algunos nos quedamos en los puestos de batalla, pero fue inútil. Algunos trataron de huir por el puente a nuestras espaldas, brincaron la verja de bambú y huyeron, los más bajaron heridos por las lanzas, Algunos corrieron a los zombies y se les entregaron. Otros reían a carcajadas. Uno de esos mató a dos compañeros y después se voló los sesos, antes de que pudiéramos hacer nada. Los demás hicimos frente. Treintaidós mujeres y veintiocho hombres luchamos. Sesenta personas. Mil muertos.

Los que tenían armas de fuego disparaban tras los autos la mitad de sus municiones. El resto eran para luchar de cerca. Los que teníamos armas de corto alcance corrimos hacia ellos, tumbando los más que pudiéramos. Matamos muchos, y continuaban bajando.

Envié un grupo a darle más ayuda a los que protegían los salones. desde las puertas hacían malabares para no dejarlos entrar. Mirábamos entre peleas y pedíamos por más tiempo y más fuerzas.

Mientras más llegaban más nos retirábamos, hasta que teníamos las espaldas literalmente contra la verja de bambú. Para éso, ya éramos veinticuatro.

Los que quedábamos luchamos fieramente. Luchábamos como si realmente valiera la pena sobrevivir. Gritos, golpes, machetazos, flechas volando, todo hacía parecer que algo más estábamos esperando, que estábamos seguros que habría forma de salir. Pero entonces la escuela cayó.

Los zombies entraron a los salones. Gritos de niños llenaron la noche y automáticamente tratamos de correr a socorrerlos, pero era imposible con la manada que nos tenía contra nuestras propias verjas. Escuchamos morir a esas personas. Y no pudimos parar.

10. Esperanza/Interrupción/Silencios

10:30 a.m. 16 de octubre de 2014

A más de tres meses y medio del último ataque al Puesto 0015, es difícil no tener esperanzas de que la pesadilla haya acabado. Entre los compañeros y compañeras del puesto hay una regla no escrita, y es que, aunque no se han bajado las defensas, no se habla de los zombies. Al momento de dar la ronda por el puente y el informe de los puestos cercanos, un frío recorre la columna, sin embargo, cuando salen todos negativos, el alivio que se siente ya no asombra.

Los días pasan lentos en el puesto, pero con una claridad irreal. Los momentos transcurren junto a un silencio que le dan a cada memoria la calidad de fotografía. Es posible ya sonreir sin avergonzarse. Las bromas y chistes han dejado atrás las voces nerviosas.

Mi ojo ya ha sanado por completo. Casi me he acostumbrado a andar viendo con uno solo, pero aún siento la otra mitad de la cabeza estorbándome. Para disparar el arco no he tenido problemas, pues siempre cerré un ojo.

A veces me averguenzo de sentirme aburrido. A cada rato el grupo se sienta a jugar dominó o lo que se pueda, pero cuando llevas tanto tiempo que lo que haces es pelear, cuando lo dejas de hacer lo extrañas. No digo que extr


9:05 p.m. 16 de octubre de 2014

Creca de las 11:15 a.m. de hoy, mientras escribía lo anterior, gritos de alerta se escucharon de afuera. Instintivamente agarré mi arco, las flechas y los machetes a corrí hacia el portón improvisado sobre el puente.Cuando salía de la casa que usamos como centro, me gritaron que subiera al techo. Al subir, no tuvieron que decirme que pasaba. Al otro lado del parque de pelota, subiendo por la autopista, venían.

Cientos, quizás miles de zombies, caminaban en silencio, el eco de sus pasos se confundían con el sonido de aquellos que se arrastraban. La horda caminaba con propósito, como si quisieran llegar a algún sitio en específico, contrario a los pequeños grupos que habían llegado hasta mi puesto. El terror nos sobrecogió.

El grupo se mantuvo callado, algunos lloraron en silencio. El terror y la desolación que sentíamos no nos dejaba siquiera preguntarnos qué había que hacer.

Bajamos del techo con el silencio que deja la esperanza cuando parte. Nos pesaba el corazón y sabíamos que para muchos, éste iba a ser el final.

Ser el líder no oficial del Puesto 0015, no era un puesto envidiable en ese momento. No fué por valentía que actué, sino por desesperación. Llamé al orden y pedí que los más rápidos fueran en bicicletas y alertaran a los demás puestos. Si nos movíamos ráapido tendríamos horas de adelanto y podríamos preparar una buena defensa. En el puesto hicimos barricadas con los autos que quedaban, empujándolos y movimos los lanzallamas a éstos. Pusimos todas las armas al alcance, y probamos las especiales, como El Tornado.
 Recalco lo dicho: Si Daguao cae, no será por mi puesto.

A las 4:30 p.m. llegaron mis mensajeros. Los comemierdas de la Central no les creyeron al principio y cuando llegaron mensajeros de otros puestos, entonces prestaron atención. Pidieron que enviaran personal a proteger el centro, porque la Central es más importante que los otros, y la gente que vive en los otros puestos, que se defiendieran como pudieran porque la Central estaba llena. O sea, que se jodan.

Envié a otros mensajeros a que recogieran a todos los que pudieran pelear y a los que no pudieran, que se escondieran en la casa que usamos como centro. A las 7:30 p.m. los últimos peregrinos bajaban la cuesta. Los machetes creaban sombras a la luz de antorchas improvisadas. El silencio y la espera se mantienen en el aire.

Si no vuelvo a escribir, sepan que uno de los últimos grupos de humanos saludables ha caído. Trataré como pueda de sobrevivir, pero también tengo que aceptar lo que venga. Lo que más me jode es morir sin saber lo que pasó, sin poder vengar a Alondra, a mi familia, al pueblo.

Y ésto no es una pesadilla. De las pesadillas te puedes despertar.

9. Imágenes de ayer

9:54 p.m. 28 de Agosto de 2014

Luego del 25 de junio, ningún zombie ha asomado su podrida cara por mi puesto. A más de un mes del último ataque, algunos compañeros y compañeras que junto a mí cubren el puente y sus alrededores, han sentido un alza en sus espíritus. A veces se les vé la sombra de una sonrisa al mirar al otro lado del puente y encontrarlo vacío. Otras veces sus palabras tienen un tono de esperanza en ellas.

Para mí, el optimismo es una pérdida de tiempo.

Las conversaciones que se escuchan tienen aires furtivos. "¿Tu crees que hayan muerto en serio?", "Quizás ya no tienen más que comer", "¿Algún día volverán?". Yo no permito que pensamientos de esperanza me visiten. Quizás parezca inmaduro de mi parte, pero no quiero bajar la guardia a menos que sea en serio que hayan parado. Llevo tanto tiempo peleando, que es lo único que sé.

Algunas mañanas me sorprendo buscando a Alondra. Me ridiculizo cuando me encuentro buscando su perfume en la almohada, estirando mis oídos para escuchar el ruido que hacía cuando se preparaba para salir a trabajar. Al principio de esta vida en el infierno, me afeitaba la cara. La afeitada matutina era el único pedazo de rutina que me quedaba. Entre el informe a primera hora y el revisar que las armas estén en buenas condiciones, la navaja hacía surcos en mi vello facial, el ardor de la afeitada era lo más parecido a su caricia. Y yo siempre odié afeitarme.

El día que dejé de hacerlo lloré, sintiendo que la dejaba ir, que soltaba su mano. Pero con el tiempo, mi barba iba creciendo como un escudo. Cada pelo hirsuto que crece en mi mentón es un tributo a cada vida que conocí, y que me han arrebatado. Llevo cargando a mi madre, a mi padre, a mis hermanas y hermanos, a mis amigos. Y dejar que la esperanza se aloje en mí y perderla de nuevo en otro ataque es como enfrentar al frío sin barba. Sería como traicionar la memoria de mis muertos y muertas.

Aunque calmado, el horizonte se ve oscuro, pero mi barba y mis muertos me protegen.

8. Ver y sangrar

11:31 pm 27 de junio de 2014

Y han sido doce ataques de zombies durante el pasado mes. Tres hombres y dos mujeres han perdido la vida luchando valientemente contra las hordas de zombies. Sobre quince heridos. Y uno de ellos soy yo.

Entre el 24 de mayo pasado hasta el 25 de junio, doce grupos de zombies han atacado nuestras barreras en el puente. Se ha luchado bajo la clichosa luna llena, en bellas mañanas con sol de playa, aguaceros que desbordan ríos y soles candentes de mediodía. Hemos luchado con miedo y con valor, nerviosos y con sed de sangre. La realidad parece tambalear más con cada lucha. Una pregunta permea el puesto 0015: ¿vale la pena?

La batalla más memorable fué la del 2 de junio. Ese  lunes amaneció el cielo cansado y gris, y no tardó en romperse y dejar caer los aguaceros. Las diez de la mañana parecían las siete de la noche y los pocos que prestábamos vigilancia nos protegíamos de la lluvia bajo los aleros de la casa que hemos tomado como centro de operaciones. El 24 había sido el último ataque y llevábamos la semana preparándonos para otro. Pero a medida que pasaban los días bajaba la guardia.

El río se salió a las una de la tarde, formando un charco al otro lado del puente. El viento subía la intensidad y silbaba entre las ramas de bambú. La ropa pegada al cuerpo nos obligó a entrar al balcón buscando refugio. Cada varios minutos alguien corría al puente a revisar que no viniera nada. Como a las una y media ya ni nos levantábamos y nos pusimos a jugar dominó.

Como a la hora, Alina dió el grito de alerta. Dieciséis zombies pasaron el charco y caminaban ya sobre el puente. Alina corrió hacia los portones y activó los rudimentarios lanzallamas. Todos corrimos a defender el puesto 0015. Mi nuevo arco tumbó a tres zombies, mientras los demás iban acabando con el resto. Cuatro de ellos intentaron trepar la barrera, pero fueron detenidos. Uno recibió una perforación de garganta, gracias a este servidor, y quedó con los brazos atrapados en los bambúes y los pies colgaban a medio metro del suelo. Los machetes no se ensuciaron, pues los zombies quedaban fuera de su alcance. "La Verdad" y "El Tornado" hicieron su agosto cortando extremidades que se asomaban por los agujeros de la barrera. Después de despachar el último (éste se despidió del munda gracias a Sandra, quien con su pata de mesa cubierta de cuchillos y un brinco de película, le despegó la quijada), examinamos los daños.

Doce zombies estaban tirados sobre el puente. Tres habían caído al río. Uno colgaba de la barrera con un brazo para nuestro lado, como un ahogado que llegó tarde a la orilla. Jorge se acercó y posó junto al zombie para  una foto desde su celular.. Jorge se acercó al cuerpo, el cadaver de un adolescente rubio, mientras yo revisaba los daños a la barrera a pocos pasos de él. Luego de tomar la foto, al revisarla, pasó todo. Papo dió un grito al ver el brazo del zombie estirarse hacia Jorge. Instintivamente acomodé una flecha en el arco y busqué un tiro limpio. Jorge dió media vuelta y alzó su machete. Al ver al zombie tan cerca dió un salto hacia atrás con el machete aún en su mano, y tropezó. Mientras yo buscaba el tiro, la punta del machete se enterró en mi ojo derecho.

El instante después es borroso. Hubo un jalón, gritos, alguien me llevó a la casa y calentaron en fuego un cuchillo y cauterizaron mi herida. Eso lo sé por la cicatriz. Pero no recuerdo nada. No recuerdo mis gritos. Nada. Sólo existía dolor.

A casi un mes de la pérdida de mi ojo, me he acostumbrado bastante. Los dolores de cabeza son frecuentes aún, y apuntar el arco es retante, pero si he sobrevivido  hasta ahora, nada me va a detener.

Con ojo o sin ojo.

7. Manualidades

10:34 pm 22 de mayo de 2014

Si había alguien en el mundo capaz de sobrevivir una invasión de zombies, esa era Martha Stewart.

Hace exactamente un mes empezamos con los trabajos de realzar la seguridad en el Puesto. Portones de bambú con lanzas y picos enterrados bajo el puente le dan al Puesto un toque de castillo de algún mal cuento gótico, un Grayskull de juguete.

Luego de la Batalla del 21, como le llaman algunos, los muchachos y muchachas que hacían la vigilancia comenzaron a armarse de cualquier cosa que encontraban. Viendo a mi arco de bambú y a La Verdad, la imaginación de la comunidad cogió viaje y se crearon nuevas armas. Algunos como una pala con mango de acero galvanizado, el Hachete (un machete con un hacha en el mango) y una pata de mesa con cuatro cuchillos como corona. En el portón crearon un sistema de lanzallamas con tanques de gas y un encendedor rústico. Bolas de fuego, estrellas ninja, manoplas, bombas cubiertas con tornillos y tuercas, y "El Tornado", un "trimmer" con cuchillos que bota fuego también.

El nuevo arsenal se ha probado en muy pocas ocasiones. Muy pocos zombies han venido durante el mes. Al haber pocos zombie, pero muchos dispuestos a pelear (quizás solamente para probar sus juguetes), se han formado equipos, grupos que cooperan de acuerdo a cómo sus armas les permiten moverse. Claro, nadie quiere pelear al lado del Tornado.

Por mi parte, he tratado de mejorar mi arco. Después de varios bocetos, todavía no he podido mejorarlo con los materiales que tengo disponibles. Pero mi ballesta me va quedando muy linda.


Estoy seguro que algo se está cocinando más allá de los límites de Daguao. El ataque del 21 de abril fué uno extraño. Como había dicho, me pareció que los zombies estaban cooperando, como si hubieran tenido una mete, no sólo llegaron acá por pura suerte. Compartí mis sospechas con la gente de la Central, pero los muy comemierdas no les dieron importancia. Me llamaron paranoico y se burlaron. Se negaron a incrementar la defensa el puesto 6, en el puente al otro lado de Daguao, la "Puerta de al frente", y catalogaron nuestros esfuerzos como innecesarios.

Acá en el puesto 0015 seguimos la defensa. Si de algo estoy seguro es que si Daguao cae, no va a ser por mi lado. Por lo pronto seguimos creando armas y nuevas defensas.

MacGyver estaría orgulloso. MacGyver y Martha Stewart.

6. Primer Asalto

11:55 pm 30 de abril de 2014

Por ocho días hemos trabajado en el puesto 0015 para realzar la seguridad. Con bambú construímos portones sobre el puente, con bambúes como lanzas, puntiagudos, esperando otro ataque como el de hace más de una semana.

El eco de la confrontación con el pastor Reyes comenzaba a esfumarse. Desde aquél día, la gente de Daguao se alejó de mi, como si estuviera infectado, aunque todos sabían que había actuado con toda la razón del mundo. El pasado 21 de abril, varios de los muchachos de los puestos cercanos se acercaron temprano en la tarde con cervezas. La tarde transcurría lenta, con esa pesadez rutinaria que sólo puede verse cuando se sobrevive a una invasión zombie. Uno de ellos me acercó una botella de cerveza, lo más parecido a un ramo de olivo por estos lares.
 -¿Tu crees que vuelvan?- preguntó uno de ellos después de un largo e incómodo silencio.
-Yo no me sentaría a esperarlos- respondió otro.

Nos bebimos el resto de las cervezas en silencio. El sol guindaba sobre las montañas cuando los muchachos se despidieron. Mientras ellos caminaban hacia la cuesta y yo perdía la vista en el horizonte, un ruido leve llamó mi atención.

Se escuchaba como un sonido de arrastre, como si rasparan el suelo levemente. Un olor como a sudor llegaba con el viento y mi paranoia se activó. Llamé a los muchachos y les hice señas de que estuvieran atentos, pero sin alarmarlos. Me aventuré más allá del puente, y por donde terminaban los bambúes los vi.

Alrededor de 20 zombies caminaban por la carretera hacia mi puesto. Cerca de 20 cuerpos, con pies ensangrentados, sus ropas rasgadas, con sangre y vómito, caminaban hacia mí. Los segundos que me quedé ahí parado pasaron como siglos. Nunca había visto ese comportamiente. Generalmente los zombies andaban solos, se ignoraban entre sí, o se atacaban entre sí. Éste grupo daba la impresión de estar cooperando.

Corrí hacie el puesto al momento que los otros llegaron y no tuve que darles la noticia. En la curva empezaban a verse los primeros zombies. Éramos cinco, e hicimos una barrera de lado a lado en el puente. Levanté el arco y lanzé la primera flecha. La garganta del primer zombie explotó en un volcán de sangre, pero el cuerpo siguió caminando. El pánico nos sacudió y todos sacamos las armas de fuego. Pronto el tiroteo hacía eco a lo largo del cauce del río Daguao.

Por ellos no estar preparados y por yo tener solamente 23 balas, las municiones se acabaron en poco tiempo y solamente tres de los zombies habían caído. La única salida que vimos fué dejarlos acercarse al puente y hacerles frente sobre éste, lanzándolos al río. Tomé el arco, que había soltado para sacar la pistola, y lo preparé para dispararlo, mientras los demás sacaban sus "armas" de corto alcance. La visión hubiera sido una graciosa, de no ser por lo serio de ésta. Un arco hecho de bambú, dos machetes, una pala y una aberración hecha con un pico, un tubo largo de metal y huesos de vaca, al que cariñosamente llamaban "La Verdad" (porque la verdad duele).

Los zombies llegaron a mi puesto, en silencio y lentamente pisaron lo que se había vuelto mi segunda casa. Cuando los primeros llegaron al centro, Nos lanzamos gritando como vikingos patéticos sobre los mounstruos. Perforé cuatro gargantas y dos ojos. Vi tres cabezas  volar y un cráneo perforado por La Verdad. Había logrado hechar dos zombies al río, cuando ví que un zombie iba a atacar a uno de mis compañeros por la espalda. Levanté el arco y apunté, entonces sentí un golpe en mi pómulo. Estirando el arco lo rompí y me dí con mi mano. Pude reaccionar rápidamente y le incrusté la punta del bambú que una vez fue un arco en la garganta a la zombie que una vez pudo ser maestra de matemáticas y la lanzé al río. Saqué el machete y me olvidé de las precauciones.

Quedaban ocho zombies. Salté usando a uno de los caídos como escalón y pateé a otro sobre el borde del puente. Caí fuertemente sobre la brea, y rodé para levantarme cuando ví caer al nuestro. Dos zombies se le abalanzaron encima y lo mordieron en la clavícula y la nuca. Logró quitarse uno de encima y el otro fue decapitado por un machete. Javier, el mordido, me miró a los ojos y con una mirada de pánico asintió. En ese momento de la cuesta bajaban refuerzos armados y pudimos detenerlos.

Cuando todos los zombies fueron muertos (otra vez), atendimos la situación de Javier. De rodillas y ensangrentado, Javier parecía otro zombie más.
-Tienen que matarme-
-No, no lo hagan, no sabemos si se va a infectar- contestó una voz desesperada.
-Mátame, yo no quiero volver como uno de esos-

Un solo disparo sonó y la sien de Javier voló en pedazos. Un hombre dió la espalda y caminó hacia la cuesta. Su hermano.

Esa noche quemamos los cuerpos. En la mañana comenzaron los trabajos de refuerzo de las defensas. Los trabajos se realizaron en silencio, con la muerte de Javier como una sombra sobre nuestras cabezas. Y algo me decía que las nuevas defensas pronto iban a ser probadas.

5. Éxodo

9:37pm 7 de abril de 2014

Las decisiones desesperadas siempre dejan un mal sabor de boca.

A más de una semana de la llegada de la iglesia andante del pastor Reyes, los feligreses se habían incorporado muy bien a la comunidad de sobrevivientes de Daguao. En muchos puestos, los hombres y las mujeres de la iglesia se acomodaron, y sin esperar mucho, cocinaron, sembraron, cazaron, reconstruyeron, y se unieron a puestos de defensa y vigilancia. Julio Reyes, su líder, recorrió diferentes puestos, llevando comida y provisiones, ayudando en las cocinas, y plantaciones. Quizás tenía complejo de mesías, pero era un hombre inteligente. Rápidamente el pastor se había vuelto parte integral de la comunidad.

Ésta mañana vino a mi puesto. Trajo provisiones, revisó que todo estuviera en orden y me acompañó en mi vigilancia. Hablando, la conversación se convirtió en discusión amistosa. Y aunque nuestras vidas habían cambiado tanto, pocos placeres se pueden desperdiciar. Y una de ellos es discutir con un religioso.
-Porque dice en Deuteronomio: "No haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel”- me dijo el pastor, mientras discutíamos la homosexualidad.
-¿Pero eso no es del Viejo Testamento?- le pregunté, haciéndole la camita.
-Sabes algo de la palabra.-
-¿Pero no me había dicho el otro día que Jesús vino a abolir el Antiguo Testamento? -
El pastor me regaló una sonrisa que decía "Que cabroncito eres".

El sol del mediodía se acomodaba bien arriba mientras hablábamos.
-La ley de Dios no cambia, así como es de eterno.-
-Así que podemos tener esclavos, vender a nuestras hijas y entrarle a pedrás a quien se recorte los pelos de las sienes-
-No sea exagerado, hijo, es que hay que saber...-

El pastor Reyes tosió. Yo no vi eso como ninguna señal. Hasta que se rascó la nuca.

Mi mano voló antes de saber a dónde se dirigía. Cuando volví a mis sentidos, mi Beretta presionaba su frente y sus ojos me miraban con terror.
-Lo siento, pastor. Se tiene que ir.
-Pero, herman...-
-Hermano nada. Tiene que salir. de aquí.-
Al parecer alguien me vió apuntándole al pastor con la pistola y dió alerta. En seguida las inmediaciones del puente que es el puesto 0015 se llenaron de gente. Todos eran uno, criticándome, llamándome loco, que qué me pasaba. Cuando conté lo sucedido, como uno callaron. Se dividieron entonces, la comunidad y la iglesia.

Mi mano temblaba con la pistola en la frente de Julio Reyes, mientras un murmullo crecía entre la gente.
-¡Se tiene que ir!-grité.
Entonces la iglesia se levantó y comenzaron a gritar, maldecir y acercarse a nosotros agresivamente. Pero entonces, todos aquellos de la comunidad de Daguao que estaban armados apuntaron sus armas a la iglesia. Rifles, ametralladoras, pistolas, machetes, palos, tubos, hasta una pata de mesa, se estiraban frente a los feligreses de la iglesia del pastor Julio Reyes.
Un miembro de la Central se acercó y les dijo en voz clara, pero perturbada.
-Todo aquél que muestre síntomas de contagio, tiene que salir de Daguao. Se les dijo el primer día.-
Un grito de protesta trepó las gargantas de los feligreses. Pero del barullo surgió una voz, al otro lado de la Beretta.
-Quien quiera quedarse, que se quede. Esta buena gente nos ha brindado refugio, y sería una ofensa el arriesgarlos a contagio. Dios me protegerá y venceré este mal. En unas semanas, cuando sea claro que no estoy infectado, volveré. ¿Me aceptarán si vuelvo?-
Se miraron unos a otros y la voz ya conocida de Marcial dijo como para sí, sin embargo todos lo escuchamos.
-Si vuelve enterito que entre-
Todos miramos al pastor
-Lo siento- le dije mientras daba la vuelta. La iglesia se partió como el Mar Rojo, y parte caminaron entonando himnos de alabanza. El resto de la gente volvieron a donde se encontraban, sin siquiera uno mirarme.

Me quedé en mi puesto hasta que los perdí de vista. Y de nuevo, bajito, les pedí disculpas.
No sobreviví el 2012 pa' morirme ahora.