6. Primer Asalto

11:55 pm 30 de abril de 2014

Por ocho días hemos trabajado en el puesto 0015 para realzar la seguridad. Con bambú construímos portones sobre el puente, con bambúes como lanzas, puntiagudos, esperando otro ataque como el de hace más de una semana.

El eco de la confrontación con el pastor Reyes comenzaba a esfumarse. Desde aquél día, la gente de Daguao se alejó de mi, como si estuviera infectado, aunque todos sabían que había actuado con toda la razón del mundo. El pasado 21 de abril, varios de los muchachos de los puestos cercanos se acercaron temprano en la tarde con cervezas. La tarde transcurría lenta, con esa pesadez rutinaria que sólo puede verse cuando se sobrevive a una invasión zombie. Uno de ellos me acercó una botella de cerveza, lo más parecido a un ramo de olivo por estos lares.
 -¿Tu crees que vuelvan?- preguntó uno de ellos después de un largo e incómodo silencio.
-Yo no me sentaría a esperarlos- respondió otro.

Nos bebimos el resto de las cervezas en silencio. El sol guindaba sobre las montañas cuando los muchachos se despidieron. Mientras ellos caminaban hacia la cuesta y yo perdía la vista en el horizonte, un ruido leve llamó mi atención.

Se escuchaba como un sonido de arrastre, como si rasparan el suelo levemente. Un olor como a sudor llegaba con el viento y mi paranoia se activó. Llamé a los muchachos y les hice señas de que estuvieran atentos, pero sin alarmarlos. Me aventuré más allá del puente, y por donde terminaban los bambúes los vi.

Alrededor de 20 zombies caminaban por la carretera hacia mi puesto. Cerca de 20 cuerpos, con pies ensangrentados, sus ropas rasgadas, con sangre y vómito, caminaban hacia mí. Los segundos que me quedé ahí parado pasaron como siglos. Nunca había visto ese comportamiente. Generalmente los zombies andaban solos, se ignoraban entre sí, o se atacaban entre sí. Éste grupo daba la impresión de estar cooperando.

Corrí hacie el puesto al momento que los otros llegaron y no tuve que darles la noticia. En la curva empezaban a verse los primeros zombies. Éramos cinco, e hicimos una barrera de lado a lado en el puente. Levanté el arco y lanzé la primera flecha. La garganta del primer zombie explotó en un volcán de sangre, pero el cuerpo siguió caminando. El pánico nos sacudió y todos sacamos las armas de fuego. Pronto el tiroteo hacía eco a lo largo del cauce del río Daguao.

Por ellos no estar preparados y por yo tener solamente 23 balas, las municiones se acabaron en poco tiempo y solamente tres de los zombies habían caído. La única salida que vimos fué dejarlos acercarse al puente y hacerles frente sobre éste, lanzándolos al río. Tomé el arco, que había soltado para sacar la pistola, y lo preparé para dispararlo, mientras los demás sacaban sus "armas" de corto alcance. La visión hubiera sido una graciosa, de no ser por lo serio de ésta. Un arco hecho de bambú, dos machetes, una pala y una aberración hecha con un pico, un tubo largo de metal y huesos de vaca, al que cariñosamente llamaban "La Verdad" (porque la verdad duele).

Los zombies llegaron a mi puesto, en silencio y lentamente pisaron lo que se había vuelto mi segunda casa. Cuando los primeros llegaron al centro, Nos lanzamos gritando como vikingos patéticos sobre los mounstruos. Perforé cuatro gargantas y dos ojos. Vi tres cabezas  volar y un cráneo perforado por La Verdad. Había logrado hechar dos zombies al río, cuando ví que un zombie iba a atacar a uno de mis compañeros por la espalda. Levanté el arco y apunté, entonces sentí un golpe en mi pómulo. Estirando el arco lo rompí y me dí con mi mano. Pude reaccionar rápidamente y le incrusté la punta del bambú que una vez fue un arco en la garganta a la zombie que una vez pudo ser maestra de matemáticas y la lanzé al río. Saqué el machete y me olvidé de las precauciones.

Quedaban ocho zombies. Salté usando a uno de los caídos como escalón y pateé a otro sobre el borde del puente. Caí fuertemente sobre la brea, y rodé para levantarme cuando ví caer al nuestro. Dos zombies se le abalanzaron encima y lo mordieron en la clavícula y la nuca. Logró quitarse uno de encima y el otro fue decapitado por un machete. Javier, el mordido, me miró a los ojos y con una mirada de pánico asintió. En ese momento de la cuesta bajaban refuerzos armados y pudimos detenerlos.

Cuando todos los zombies fueron muertos (otra vez), atendimos la situación de Javier. De rodillas y ensangrentado, Javier parecía otro zombie más.
-Tienen que matarme-
-No, no lo hagan, no sabemos si se va a infectar- contestó una voz desesperada.
-Mátame, yo no quiero volver como uno de esos-

Un solo disparo sonó y la sien de Javier voló en pedazos. Un hombre dió la espalda y caminó hacia la cuesta. Su hermano.

Esa noche quemamos los cuerpos. En la mañana comenzaron los trabajos de refuerzo de las defensas. Los trabajos se realizaron en silencio, con la muerte de Javier como una sombra sobre nuestras cabezas. Y algo me decía que las nuevas defensas pronto iban a ser probadas.

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