11. La caída de Daguao: Primera parte

12:35 p.m. 29 de octubre de 2014

Trece días. Hace trece días que cayó Daguao. Aún no puedo sacarme de la mente las imágenes de lo que aconteció esa noche. Llevo huyendo ya estos trece días, sin mirar atrás, sin rumbo definido. No he visto muchos zombies por mi camino. Los que he visto, si puedo los elimino, si no, les huyo escondiéndome. Trataré de contar:

Después de la última entrada, llegó al puesto mucha gente. Muchos de los habitantes de los otros puestos ya habían perdido la fé en la Central y aún más con el mensaje que enviaron. Como ya habían escuchado de cómo la gente del puesto 0015 habían podido defenderse ante otros ataques, fueron a refugiarse.

Por mi parte no sabía que podíamos hacer con tanta gente. Una de mis compañeras del puesto sugirió llevar a los más pequeños y a los más ancianos a las ruinas de la escuela. La escuela que antes quedaba justo al frente de la casa que usábamos como centro, fue demolida parcialmente por los desarrolladores de Cotton Bay, pero habían dejado unos salones para guardar materiales de construcción. Nosotros lo usábamos para guardar alimentos y como comedor. La iglesia del pastor Reyes, la llegaron a usar como templo.

Llevamos a los escogidos y a los enfermos allá. A los y las jóvenes que pudieran pelear, les dimos armas o les indicamos que cosas podían usar como una. Todos armados, esperamos.

A las 11:42 (recuerdo haber pedido la hora a uno de los que llegó al final) escuchamos los primeros disparos. Gritos y explosiones siguieron. La noche se iluminó con fuego y nosotros lo único que podíamos hacer era esperar. Lo único que podíamos ver era el brillo anaranjado de las llamas, pero todo estaba muy lejos y habían montañas entre nosotros y no podíamos ver nada.

De repente, se vio algo. Una bola de fuego bajaba la cuesta de La Esperanza haciendo un ruido extraño. Cuando se acercó lo suficiente, pudimos discernir que el ruido eran gritos. Un compañero ardía y trató de llegar a nosotros, pero tropezó y de rodillas en la brea continuaba gritando. Dí la orden de que le disparasen y le terminaran el sufrimiento. Nadie se atrevió.

Cuando dejó de gritar notamos entonces lo que venía. La horda que iba bajando la cuesta era enorme. Muchísimos cuerpos caminaban y se arrastraban, pareciendo un gran enjambre, casi un cuerpo sólido. Mientras caminaban, sólo sus pasos se podían escuchar, hasta que se oyó un ruido tras nuestras líneas. Un cuerpo que hacía dos minutos tenía nombre y sueños, yacía en el suelo, con sangre saliendo de su sien y humo del cañón de su pistola. Caos.

Las líneas se rompieron, mucha gente trató de huir. Algunos nos quedamos en los puestos de batalla, pero fue inútil. Algunos trataron de huir por el puente a nuestras espaldas, brincaron la verja de bambú y huyeron, los más bajaron heridos por las lanzas, Algunos corrieron a los zombies y se les entregaron. Otros reían a carcajadas. Uno de esos mató a dos compañeros y después se voló los sesos, antes de que pudiéramos hacer nada. Los demás hicimos frente. Treintaidós mujeres y veintiocho hombres luchamos. Sesenta personas. Mil muertos.

Los que tenían armas de fuego disparaban tras los autos la mitad de sus municiones. El resto eran para luchar de cerca. Los que teníamos armas de corto alcance corrimos hacia ellos, tumbando los más que pudiéramos. Matamos muchos, y continuaban bajando.

Envié un grupo a darle más ayuda a los que protegían los salones. desde las puertas hacían malabares para no dejarlos entrar. Mirábamos entre peleas y pedíamos por más tiempo y más fuerzas.

Mientras más llegaban más nos retirábamos, hasta que teníamos las espaldas literalmente contra la verja de bambú. Para éso, ya éramos veinticuatro.

Los que quedábamos luchamos fieramente. Luchábamos como si realmente valiera la pena sobrevivir. Gritos, golpes, machetazos, flechas volando, todo hacía parecer que algo más estábamos esperando, que estábamos seguros que habría forma de salir. Pero entonces la escuela cayó.

Los zombies entraron a los salones. Gritos de niños llenaron la noche y automáticamente tratamos de correr a socorrerlos, pero era imposible con la manada que nos tenía contra nuestras propias verjas. Escuchamos morir a esas personas. Y no pudimos parar.