9. Imágenes de ayer

9:54 p.m. 28 de Agosto de 2014

Luego del 25 de junio, ningún zombie ha asomado su podrida cara por mi puesto. A más de un mes del último ataque, algunos compañeros y compañeras que junto a mí cubren el puente y sus alrededores, han sentido un alza en sus espíritus. A veces se les vé la sombra de una sonrisa al mirar al otro lado del puente y encontrarlo vacío. Otras veces sus palabras tienen un tono de esperanza en ellas.

Para mí, el optimismo es una pérdida de tiempo.

Las conversaciones que se escuchan tienen aires furtivos. "¿Tu crees que hayan muerto en serio?", "Quizás ya no tienen más que comer", "¿Algún día volverán?". Yo no permito que pensamientos de esperanza me visiten. Quizás parezca inmaduro de mi parte, pero no quiero bajar la guardia a menos que sea en serio que hayan parado. Llevo tanto tiempo peleando, que es lo único que sé.

Algunas mañanas me sorprendo buscando a Alondra. Me ridiculizo cuando me encuentro buscando su perfume en la almohada, estirando mis oídos para escuchar el ruido que hacía cuando se preparaba para salir a trabajar. Al principio de esta vida en el infierno, me afeitaba la cara. La afeitada matutina era el único pedazo de rutina que me quedaba. Entre el informe a primera hora y el revisar que las armas estén en buenas condiciones, la navaja hacía surcos en mi vello facial, el ardor de la afeitada era lo más parecido a su caricia. Y yo siempre odié afeitarme.

El día que dejé de hacerlo lloré, sintiendo que la dejaba ir, que soltaba su mano. Pero con el tiempo, mi barba iba creciendo como un escudo. Cada pelo hirsuto que crece en mi mentón es un tributo a cada vida que conocí, y que me han arrebatado. Llevo cargando a mi madre, a mi padre, a mis hermanas y hermanos, a mis amigos. Y dejar que la esperanza se aloje en mí y perderla de nuevo en otro ataque es como enfrentar al frío sin barba. Sería como traicionar la memoria de mis muertos y muertas.

Aunque calmado, el horizonte se ve oscuro, pero mi barba y mis muertos me protegen.