8. Ver y sangrar

11:31 pm 27 de junio de 2014

Y han sido doce ataques de zombies durante el pasado mes. Tres hombres y dos mujeres han perdido la vida luchando valientemente contra las hordas de zombies. Sobre quince heridos. Y uno de ellos soy yo.

Entre el 24 de mayo pasado hasta el 25 de junio, doce grupos de zombies han atacado nuestras barreras en el puente. Se ha luchado bajo la clichosa luna llena, en bellas mañanas con sol de playa, aguaceros que desbordan ríos y soles candentes de mediodía. Hemos luchado con miedo y con valor, nerviosos y con sed de sangre. La realidad parece tambalear más con cada lucha. Una pregunta permea el puesto 0015: ¿vale la pena?

La batalla más memorable fué la del 2 de junio. Ese  lunes amaneció el cielo cansado y gris, y no tardó en romperse y dejar caer los aguaceros. Las diez de la mañana parecían las siete de la noche y los pocos que prestábamos vigilancia nos protegíamos de la lluvia bajo los aleros de la casa que hemos tomado como centro de operaciones. El 24 había sido el último ataque y llevábamos la semana preparándonos para otro. Pero a medida que pasaban los días bajaba la guardia.

El río se salió a las una de la tarde, formando un charco al otro lado del puente. El viento subía la intensidad y silbaba entre las ramas de bambú. La ropa pegada al cuerpo nos obligó a entrar al balcón buscando refugio. Cada varios minutos alguien corría al puente a revisar que no viniera nada. Como a las una y media ya ni nos levantábamos y nos pusimos a jugar dominó.

Como a la hora, Alina dió el grito de alerta. Dieciséis zombies pasaron el charco y caminaban ya sobre el puente. Alina corrió hacia los portones y activó los rudimentarios lanzallamas. Todos corrimos a defender el puesto 0015. Mi nuevo arco tumbó a tres zombies, mientras los demás iban acabando con el resto. Cuatro de ellos intentaron trepar la barrera, pero fueron detenidos. Uno recibió una perforación de garganta, gracias a este servidor, y quedó con los brazos atrapados en los bambúes y los pies colgaban a medio metro del suelo. Los machetes no se ensuciaron, pues los zombies quedaban fuera de su alcance. "La Verdad" y "El Tornado" hicieron su agosto cortando extremidades que se asomaban por los agujeros de la barrera. Después de despachar el último (éste se despidió del munda gracias a Sandra, quien con su pata de mesa cubierta de cuchillos y un brinco de película, le despegó la quijada), examinamos los daños.

Doce zombies estaban tirados sobre el puente. Tres habían caído al río. Uno colgaba de la barrera con un brazo para nuestro lado, como un ahogado que llegó tarde a la orilla. Jorge se acercó y posó junto al zombie para  una foto desde su celular.. Jorge se acercó al cuerpo, el cadaver de un adolescente rubio, mientras yo revisaba los daños a la barrera a pocos pasos de él. Luego de tomar la foto, al revisarla, pasó todo. Papo dió un grito al ver el brazo del zombie estirarse hacia Jorge. Instintivamente acomodé una flecha en el arco y busqué un tiro limpio. Jorge dió media vuelta y alzó su machete. Al ver al zombie tan cerca dió un salto hacia atrás con el machete aún en su mano, y tropezó. Mientras yo buscaba el tiro, la punta del machete se enterró en mi ojo derecho.

El instante después es borroso. Hubo un jalón, gritos, alguien me llevó a la casa y calentaron en fuego un cuchillo y cauterizaron mi herida. Eso lo sé por la cicatriz. Pero no recuerdo nada. No recuerdo mis gritos. Nada. Sólo existía dolor.

A casi un mes de la pérdida de mi ojo, me he acostumbrado bastante. Los dolores de cabeza son frecuentes aún, y apuntar el arco es retante, pero si he sobrevivido  hasta ahora, nada me va a detener.

Con ojo o sin ojo.

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